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Hoy quiero contaros una historia.

Erase una vez una mujer que se quedó viuda a los 68 años y se puso a trabajar por cuenta propia. Hoy esto lo titularíamos: “mujer senior sin experiencia y #emprendedora“, aunque en aquel momento no tenía tanto “glamour”.

El informe resumido curricular de nuestra protagonista era este. Sin estudios superiores acreditados (ni ingeniería, ni máster, ni doctorado). Ávida lectora, especialmente de historia, filosofía y ensayos. Educación cosmopolita franco-española y viajes entre Francia, Argelia y Centro Europa. Muchas preguntas formuladas a personas de las que tenía algo que aprender (aclaro que eso se llama curiosidad y no es una licenciatura). Mujer casada jovencísima y madre de familia numerosa (7 criaturas, 7 bocas, 7 carreras, etc..). Cualidades: disciplinada, austera, jovial, despierta, lista, sociabilísima sin resultar pesada, agraciada, con un sentido común abrumador, y, sin embargo, arriesgada y lanzada cuando la ocasión lo requería. Muy exigente mas con mano izquierda. Manejo asombroso de los contados recursos de que disponía en su hogar (pese a confesarse de letras y detestar “las teclas”). En resumen, un caso digno de estudio en escuelas de #management, que, para sí, ya querría el mejor CEO.

Cuando enviudó, tuvo la opción de llorar la muerte de su adorado marido y quedarse en casa y/o salir al cine con las amigas, o bien, continuar con el proyecto “ocioso” que inició con su esposo. Siendo urbanita y sin tener ni idea de agricultura, se mudó de la ciudad al campo y se echó a la espalda el plan de emprendimiento más arriesgado de toda su vida: la tierra y su producción. Una finca en la que, junto a su marido, había invertido sus ahorros, mucho tiempo y mucho más corazón. Ella quería hacer de esa finca abandonada a su suerte entre campos yermos y avatares de la gota fría, una explotación agrícola autosostenible en que simultanear el cultivo de olivo y almendro. Sin cursos de reciclaje, de #digitalización, subvenciones, bonificaciones o tarifas planas…, su interés era, nada más ni nada menos, obtener oro líquido de nivel y, además, para no jugárselo todo a una carta, cosechar un producto de calidad para los turroneros de Jijona.

Nuestra protagonista no valía para trabajar para otro porque toda su vida había trabajado para su propia empresa, sin ser una S.L. (su familia), sabiendo lo que tenía que hacer en cada momento. Y se le puso entre ceja y ceja que iba a sacar adelante esa finca. Así que cogió su mochilón de conocimiento y experiencia, se echó además la auto confianza a la espalda y empezó a caminar. Pelear con la Administración (todas ellas), la burocracia, luchar contra la naturaleza hasta hacerse entender la una a la otra, e ir alcanzando pequeñas metas que luego serían triunfos. Todo ello, además, en un mundo, el rural, que es exageradamente masculino en todos los sentidos; también en cuanto a los órganos de poder y decisión. Me refiero al mundo de la producción agrícola, el de los precios del aceite o la almendra, el de las cooperativas, el de las almazaras, el de los tractoristas, el de los podadores, el de los encargados, etc… Porque en un país donde el campo es más terreno de hombres que de mujeres, que una mujer te diga cómo, cuándo, por qué se deben podar los olivos, aclarar la flor del almendro, etc.., y que ella siga preguntando a los gremios que por allí campan, para saber cada día más y más, y no conformarse y continuar probando para mejorar continuamente…sigue siendo chocante.

Hoy, esta mujer-madre-abuela, gestiona personal y proveedores, negocia precios, mima sus “bosques de olivos” y almendros, conoce su negocio más que la palma de su propia mano, y es el mayor ejemplo de auto conocimiento, disciplina, saber hacer y logro que he conocido y probablemente, conozca en mi vida. Hoy esta mujer senior sin experiencia, regenta una empresa rentable, con dos productos excepcionales: aceite de oliva y una de las almendras de mayor rendimiento y más preciadas de Valencia.

Mi teoría es que esta mujer descubrió la “metodología Lean” (*) mucho antes de que llegara a España desde Japón. Es decir, crear un mínimo producto viable y lanzarlo para luego ajustarlo, mejorarlo y producir más. De hecho, hay algo que ella hace de un modo dedicado, además de Diseñar, Hacer, Medir y Aprender para ajustar. Se trata de observar previamente al diseño(pensamiento), que como dice, es una cualidad del sabio y del agricultor. Porque ella observa mucho sus olivos y almendros; dice que es como más se aprende. “Más hace el ojo del dueño mirando, que 100 bueyes arando”. Y yo estoy segura de que es la clave de su éxito. Que además implica ser responsable con la madre tierra.

El otro día le pregunté por qué se dedica a esto con el follón en que se ha metido… y me contestó de un modo muy natural: “en la vida hay que tener proyectos, el día que no los tenga, estaré muerta”. Y al plantearle si no podía haber elegido algo más sencillo o menos ambicioso, que no le implicara tanto trabajo, me respondió “esto tenía que suceder y hacerse de esta manera; no sabes lo feliz que soy trabajando en esto; disfruto tanto. Es que, para mí, no es trabajo. Para mí ha sido un resurgir, me da fuerzas, me da la vida, lo necesito. Lo necesito yo más que la finca a mí”. Unas respuestas que nos encantaría escuchar de cualquier profesional que tuviéramos alrededor, que quisiéramos decir todos.

Una vez me quedé a solas, imaginé si alguien la habría entrevistado “en ciego” en el 2008 para contratarla; sin saber si tenía experiencia profesional previa, su edad, si era mujer, si tenía un carrerón, muchos títulos, etc… para gestionar una explotación agrícola de esas características. Seguramente nadie habría llamado a mi madre, ni en 2008 ni ahora en 2018, para mantener una entrevista profesional con ella. Y probablemente se habrían quedado sin la mejor gerente. Esa es la diferencia entre ver y mirar, entre filtrar un CV y leer entre líneas… Entre ejecutar tareas sin pensar y construir, crear, después de observar. Eso aplica a junior o senior, a cualquier persona o reto a afrontar. A seleccionar un junior que haya tenido experiencias vitales que le hagan ser capaz de ir creciendo y aprendiendo y demostrar de lo que es capaz de hacer. A elegir un senior sin esa “experiencia previa imprescindible”, porque es confiable, responsable y capaz de alcanzar metas a base de tesón, valentía y carácter y al que le queda tanto por hacer y aportar.

Sé de buena tinta que a ella no le hubiera importado que no la llamaran porque estaba segura de lo que quería conseguir y que lo iba a lograr a base de trabajo, empeño, oficio y perseverancia.

Si este cuento tiene alguna moraleja es la de que, al final, lo importante es que ella tenía claro lo que quería conseguir: su objetivo, eso que cada año quería seguir superando y demostrándose a sí misma. Superar nuevos retos, anotados con boli en ese cuaderno de papel cuadriculado. Porque no hay nada como lograr lo que te has propuesto, “salirte con la tuya”. Ella es así. Este año, nuestra protagonista va a incrementar su cosecha de oliva en un 300% con respecto a la de su primer año como emprendedora. Senior, mujer y sin experiencia profesional. Ahí es nada. Y colorín, colorado, este cuento todavía no ha terminado.

(*) A finales del siglo XIX surgió el primer pensamiento Lean Manufacturing en Japón por parte de Sakichi Toyoda, el fundador del Grupo Toyota.

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